Educar cuando todo parece perdido
Una reflexión sobre atención, esfuerzo, aprendizaje y resiliencia en un mundo donde la tecnología elimina fricción, pero no aprende por nosotros.

Hace unos cuatro años entré en los ajustes de mi móvil para comprobar cuánto lo utilizaba. Sabía que era bastante, pero no que desbloqueaba el móvil una vez cada once minutos.
Once minutos para una persona que ya estaba trabajando y terminando sus estudios me parecía una barbaridad, hasta que uno recuerda que ese promedio incluía también las ocho horas que dormía cada noche. Si hacía el cálculo de todos aquellos desbloqueos durante las horas en las que realmente estaba despierto, la frecuencia real se acercaba mucho más a una vez cada siete minutos...
Lo que más me preocupaba, además de la cantidad de tiempo que terminaba pasando delante de una pantalla, era descubrir que muchas veces ni siquiera existía una razón concreta para haber usado el móvil.
No esperaba un mensaje importante, no tenía nada que buscar o consultar ni tampoco necesitaba hablar con nadie cada siete minutos. Simplemente aparecía un pequeño espacio vacío durante el día y mi reacción casi automática era desbloquear el móvil: cuando me aburría, cuando iba al baño, cuando había un descanso del trabajo o entre clases en la universidad.
Cuatro años después he conseguido reducir bastante ese comportamiento, aunque todavía me descubro a veces haciéndolo. Termino una tarea y miro el teléfono. Incluso ocurre esa situación bastante absurda en la que uno cierra una aplicación y, pocos segundos después, vuelve a abrir exactamente la misma sin saber demasiado bien qué esperaba encontrar diferente. Creo que entre los jóvenes es cada vez más común este impulso inconsciente de agarrar el móvil del bolsillo, el bolso, la cartera o donde sea que esté y girarlo para ponerlo con la pantalla mirando hacia nosotros.
Los jóvenes no solo movemos los pulgares más rápido para escribir que cualquier generación anterior; también empeoramos nuestra postura al agacharnos para mirar el móvil. ¿Cambiará nuestra genética evolutiva debido a los smartphones? ¿O por pasar tanto tiempo sentados de lunes a viernes? Yo creo que sí, y creo que no a mejor.
Me interesa este tema porque creo que el problema va bastante más allá del tiempo que pasamos frente a una pantalla. Hay algo que adquirirá cada vez más importancia: nuestra capacidad para decidir conscientemente dónde ponemos la atención.
Cuando la distracción deja de venir de fuera
Nuestra relación con el móvil ha estado marcada hasta hoy por las notificaciones, los algoritmos y las plataformas que compiten por mantenernos dentro de ellas. Las llamadas, aquello para lo que se inventó el teléfono, dudo que representen más de un 10% del uso que le damos en nuestra vida personal.
Algunas investigaciones sobre comportamiento digital muestran una realidad todavía más interesante: muchas veces no es el teléfono quien inicia la interrupción, sino nosotros mismos.
En estudios sobre el uso cotidiano del smartphone se ha observado que muchas interacciones comienzan como una respuesta aprendida ante momentos de espera, aburrimiento, incomodidad o, simplemente, ausencia de estímulo.
Esto último lo remarco porque muchas veces es precisamente en esos momentos cuando aparecen las mejores ideas, la claridad o las decisiones. Si somos esclavos de un aparato, estamos desperdiciando justo aquello que puede diferenciarnos de los automatismos y mecanismos repetitivos de las máquinas.
Esto cambia bastante el tipo de problema al que nos enfrentamos. Si todo dependiera de las notificaciones, probablemente bastaría con desactivarlas.
Por eso me interesa especialmente el concepto de attention literacy, que podría traducirse de forma aproximada como alfabetización de la atención. Igual que aprendemos a leer, a interpretar información o a utilizar determinadas herramientas, quizá necesitemos aprender también a comprender cómo funciona nuestra atención, qué intenta capturarla y cómo podemos recuperarla cuando la estamos entregando continuamente sin siquiera haberlo decidido.
Dentro de poco, también tendremos que aprender a pensar por nosotros mismos: tanto por la IA como para no dejarnos llevar por fanatismos.
En todo esto, la educación tiene mucho más que decir de lo que estamos acostumbrados a pensar.
Educar para un mundo distinto
El debate sobre la educación siempre me ha llamado especialmente la atención porque creo que estamos viviendo una transición bastante profunda entre las capacidades que tradicionalmente hemos premiado y las que probablemente van a resultar más importantes durante las próximas décadas.
Durante mucho tiempo tenía bastante lógica que una parte importante de la educación se concentrara en adquirir, memorizar y posteriormente reproducir información. El acceso al conocimiento era limitado y volver a encontrar una determinada información podía requerir bastante tiempo, recursos o incluso acceso físico a determinados libros o personas.
Internet empezó a cambiar radicalmente esa realidad y la inteligencia artificial está acelerando todavía más el cambio. Hoy un estudiante puede pedir que le expliquen un concepto de cinco maneras diferentes, generar ejercicios adaptados a su nivel, comparar teorías, recibir feedback sobre un texto, analizar información o construir un pequeño proyecto sin tener que esperar necesariamente a que alguien le proporcione cada respuesta.
Esto no significa, desde mi punto de vista, que memorizar haya dejado de importar. De hecho, creo que podríamos cometer un error importante si interpretáramos la llegada de la inteligencia artificial como una razón para dejar de adquirir información. Lo importante es ser capaces de convertir esa información en conocimiento.
Para pensar necesitamos referencias internas que nos permitan cuestionar argumentos, relacionar temas y desarrollar criterio.
El problema aparece cuando memorizar termina convirtiéndose en el objetivo final del aprendizaje, junto con el aprobado, en lugar de ser una de las herramientas que nos permiten pensar mejor.
Aprender durante varias semanas una enorme cantidad de información, reproducirla en un examen y olvidar buena parte de ella poco después tiene cada vez menos sentido como indicador principal de preparación para un mundo en el que las respuestas están permanentemente disponibles.
Creo que una educación capaz de enseñar a una persona a comprender realmente algo, relacionarlo con otros conocimientos, cuestionarlo, aplicarlo en un contexto diferente y utilizarlo para construir una respuesta propia tiene más valor que simplemente sacar un sobresaliente. Ambas cosas tienen mérito; la primera, además, genera impacto. Y dentro de ambos procesos hay una capacidad que creo que hemos empezado a tratar casi como si fuera algo negativo: el esfuerzo.
Esforzarse no garantiza el resultado, pero transforma a quien lo hace
Nunca me ha convencido demasiado la forma en que utilizamos el concepto de meritocracia. Al principio era un fiel defensor de ella. La realidad me mostró algo diferente. Me parece demasiado abstracto asumir que existe una relación limpia entre el esfuerzo que ponemos en algo y la recompensa que recibimos después.
Dos personas pueden trabajar con la misma intensidad y encontrarse con resultados completamente diferentes porque intervienen demasiadas variables que no controlamos: el contexto familiar, las oportunidades, la situación económica, las relaciones, el momento histórico, la salud, el azar o, simplemente, encontrarse en el lugar adecuado en un determinado momento.
No creo que exista una ecuación sencilla según la cual quien más se esfuerza necesariamente termina ganando más dinero, alcanzando una mejor posición o recibiendo mayor reconocimiento.
Tampoco creo que reconocer esa realidad deba llevarnos a minusvalorar o desprestigiar el esfuerzo.
Cuando una persona encuentra algo que realmente le interesa y dedica muchas horas a estudiarlo, aplicarlo, probarlo, equivocarse y volver a intentarlo, hay algo que resulta bastante difícil de negar por pura probabilidad: esa persona acaba estando mejor preparada en esa materia que antes.
Puede que el mercado no la recompense inmediatamente, puede que su proyecto fracase o puede incluso que nunca obtenga exactamente aquello que imaginaba cuando empezó. Aun así, durante el proceso habrá acumulado conocimiento, criterio, capacidad de ejecución, referencias, errores ya cometidos y, probablemente, una mayor facilidad para reconocer oportunidades que antes ni siquiera sabía que existían.
Pero, Feli, lo que queremos es trabajar y vivir tranquilos. ¿Cómo hacemos para lograr esto además de lo anterior? Para mí, esto es difícil hoy. Siempre trato de ser muy positivo y de ver las cosas buenas en cada crisis. Hoy veo, sin embargo, que la tranquilidad absoluta y el crecimiento no pueden ir de la mano, sobre todo cuando somos jóvenes. Abogo y defiendo la flexibilidad, la salud mental, el autocuidado y el desarrollo personal, igual que defiendo la formación, tener iniciativa propia para llevar a cabo ideas y atravesar el dolor en busca de mejora. Mi vida se mueve entre estos dos ámbitos y creo que es importante no estar demasiado cómodo ni convertirse en la persona que apuesta todos sus ahorros a un número en la ruleta.
También creo que todo vuelve, lo bueno y lo malo. Cuando pienso que la vida termina compensando ese esfuerzo por algún lado, no lo entiendo demasiado en términos de karma o de una justicia celestial que acaba equilibrándolo todo. Lo entiendo de una manera mucho más cercana a la ciencia.
Si una persona dedica cientos o miles de horas a comprender profundamente un determinado campo, aumenta inevitablemente el número de conexiones que puede establecer y el tipo de problemas que puede resolver. Cuantas más capacidades desarrollamos, más lugares aparecen en los que esas capacidades pueden resultar útiles.
No todo aprendizaje tiene una rentabilidad inmediata, pero eso no significa que desaparezca.
Competir también puede ser una forma de aprender
Hace poco hablaba con un amigo sobre su trabajo y me contaba algo que me pareció interesante. Estaba bastante contento porque sentía que dentro de su equipo escuchaban sus ideas y que lo que decía podía aportar realmente valor a los proyectos.
Solo eso ya me parece más raro de lo que debería.
Pero después me explicó otra cosa que me interesó todavía más: dentro del equipo existe competencia, aunque no se vive como algo negativo. Hay personas intentando hacer bien su trabajo, proponer mejores ideas y destacar, pero ese deseo de crecer no implica necesariamente querer que al compañero le vaya peor.
Pensando en ello, creo que cuando vemos a una persona que trabaja bien, aporta buenas ideas o destaca en alguna capacidad podemos reaccionar de varias formas:
-
Podemos sentirnos amenazados e intentar quitar valor a lo que hace.
-
Podemos simplemente ignorarlo.
-
Podemos reconocer que existe algo que esa persona hace especialmente bien y utilizarlo también como una oportunidad para aprender.
Mi amigo estaba en un entorno del tercer tipo y me alegró bastante escucharlo, porque creo que hemos terminado asociando con demasiada facilidad la competencia con una especie de guerra permanente en la que, para que uno gane, otro necesariamente tiene que perder.
Ver a alguien haciendo algo especialmente bien puede incomodarnos porque nos obliga a compararnos, pero también puede mostrarnos una posibilidad que antes no contemplábamos. Puede hacernos preguntar cómo lo consiguió, qué proceso siguió o qué podríamos incorporar nosotros.
Además, hay una realidad bastante evidente que a veces nos cuesta asumir:
Somos muy buenos en determinadas cosas y bastante malos en otras, y eso no debería interpretarse como un problema.
Nadie es bueno en todo y, precisamente por eso, existen equipos multidisciplinares. Cuando juntamos personas con experiencias, capacidades, formas de pensar y maneras de trabajar diferentes, aparecen resultados que probablemente ninguna de esas personas podría haber producido individualmente.
El valor de aprender a permanecer
Estamos en un momento en el que tenemos acceso a más conocimiento que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, estamos construyendo entornos en los que cada vez resulta más difícil permanecer delante de algo durante mucho tiempo.
Si un contenido no consigue interesarnos rápidamente, pasamos al siguiente. Si una aplicación tarda demasiado, la cerramos. Si una explicación parece complicada, buscamos otra.
La inteligencia artificial añade una capa todavía más interesante porque puede eliminar una enorme cantidad de fricción del proceso de aprendizaje, algo que en muchos casos será extraordinariamente positivo. El problema aparecerá si empezamos a confundir eliminar fricción innecesaria con eliminar cualquier esfuerzo intelectual.
Hay momentos en los que aprender implica precisamente permanecer durante un tiempo delante de algo que todavía no entendemos.
Leer bien requiere tiempo. Aprender un idioma requiere tiempo. Comprender una tecnología requiere tiempo. Trabajar en un proyecto requiere tiempo y una enorme cantidad de pruebas que no siempre funcionan.
No creo que debamos glorificar el sufrimiento ni pensar que trabajar más horas significa necesariamente trabajar mejor. Pero tampoco creo que toda dificultad sea un defecto del proceso.
A veces la dificultad es exactamente lo que está provocando que desarrollemos una capacidad nueva.
Lo que queda cuando desaparece el resultado
Quizá una de las razones por las que el aprendizaje me parece tan importante es que permanece incluso cuando los resultados externos desaparecen.
Una persona puede perder un trabajo, un proyecto puede fracasar, una empresa puede cerrar o un sector entero puede transformarse hasta el punto de que determinadas capacidades dejen de tener el mismo valor que antes. Muchas cosas que consideramos nuestras a nivel personal pueden desaparecer.
Pero existe algo bastante más difícil de quitar: lo que hemos aprendido mientras las construíamos.
Los errores que ya hemos cometido, las relaciones que hemos creado, los procesos que entendemos, las preguntas que ahora sabemos hacer y la confianza de haber sido capaces de aprender algo que anteriormente desconocíamos siguen estando ahí.
Una empresa puede desaparecer, pero si durante su existencia consiguió construir algo significativo, no todo desaparece con ella. Permanecen recuerdos, asociaciones, historias y experiencias en las personas que trabajaron allí, utilizaron sus productos o tuvieron algún vínculo emocional con la marca. Mientras exista recuerdo, queda una parte del legado y de su branding.
Con las personas sucede algo parecido. Un proyecto puede fracasar sin que todo el esfuerzo invertido en él se convierta automáticamente en tiempo perdido.
Cuando volvemos a intentarlo no regresamos exactamente al mismo punto desde el que empezamos. Volvemos con más referencias, criterio, información sobre aquello que no funcionó y, con suerte, una idea bastante más precisa de qué probar de manera diferente.
Para mí, esa es una de las formas más interesantes de entender la resiliencia.
Un proyecto que no llegó al hackathon
Hace poco estuve trabajando en un pequeño proyecto personal que quería presentar a uno de los hackatones que había incluido en mi recurso de hackatones disponibles.
Por una cuestión de plazos, finalmente no conseguí presentarlo.
Podría haber interpretado eso como el final del proyecto y dejarlo guardado en alguna carpeta, pero mientras escribía esta reflexión pensé que en realidad encajaba bastante bien con todo lo anterior.
La solución está construida y estoy pensando en compartirla principalmente por tres razones.
La primera es que puede servir como un ejemplo bastante práctico de cómo desarrollar una aplicación utilizando inteligencia artificial, mostrando el proceso paso a paso, las herramientas utilizadas, las decisiones que fui tomando y también los errores que aparecieron durante el camino.
La segunda es mucho más sencilla: quiero que otras personas puedan probarla y decirme si realmente les parece útil. Construir algo sin ponerlo delante de usuarios reales permite aprender hasta cierto punto; a partir de ahí necesitamos contraste.
Y la tercera tiene que ver con una sensación que tengo cada vez con más fuerza. Nunca habíamos tenido tanta información, tantas herramientas y tantos recursos de aprendizaje disponibles gratuitamente: cursos completos, documentación técnica, vídeos, comunidades, repositorios, inteligencia artificial capaz de ayudarnos a resolver dudas y personas explicando públicamente cómo construyen prácticamente cualquier cosa.
Pero quienes sí tenemos cierto margen de tiempo, acceso a Internet y herramientas disponibles deberíamos quizá hacernos una pregunta un poco incómoda: ¿qué estamos haciendo con todo ese conocimiento que tenemos delante?
Porque llega un momento en el que formarse depende de nuestras ganas de buscar, experimentar, dedicar tiempo, equivocarnos y mantener suficiente curiosidad para seguir intentándolo.
Quizá esto también sea educación
Hace cuatro años mi teléfono me decía que lo desbloqueaba cada once minutos. Hoy probablemente dependo mucho más de la tecnología que entonces porque la utilizo para trabajar, aprender, crear, investigar y construir proyectos, pero precisamente por eso intento ser mucho más consciente de la relación que tengo con ella.
No creo que el reto consista simplemente en utilizar menos tecnología. Sería extraño renunciar a herramientas que amplían de una manera extraordinaria nuestras posibilidades.
Creo que el reto consiste en utilizarlas con más intención.
Que podamos decidir cuándo necesitamos el teléfono y cuándo simplemente estamos reaccionando a un hábito. Que entendamos el esfuerzo, más que como la garantía de éxito, como uno de los procesos mediante los que construimos capacidades que nadie puede adquirir por nosotros.
Quizá la educación que necesitamos tenga cada vez menos que ver con acumular respuestas y mucho más con aprender a gestionar todo aquello que ocurre antes de encontrarlas: mantener la atención, soportar la incertidumbre, hacerse buenas preguntas, aprender de otros, experimentar, equivocarse y seguir intentándolo.
Porque si mañana a una persona le quitaran buena parte de aquello que considera suyo, seguiría habiendo cosas imposibles de arrebatarle: todo lo que ha aprendido y la capacidad que ha desarrollado para volver a construir.
Y cuanto más rápido cambie el mundo, más importante creo que será eso.
Por cierto, aquel proyecto del hackathon sigue terminado. Si al menos tres personas comentan que quieren verlo, compartiré la solución junto con el proceso que seguí para desarrollarla con IA, las decisiones que fui tomando y los errores que aparecieron por el camino.
Gracias por leer.
Fuentes y lecturas
- Desastre educativo en España, con el peor resultado de su historia en el informe PISA, El Mundo, 8 de septiembre de 2026.
- Habits make smartphone use more pervasive, Antti Oulasvirta y otros.
- The attentional cost of receiving a cell phone notification, Cary Stothart, Ainsley Mitchum y Courtney Yehnert.
- Smartphones and Cognition: A Review of Research Exploring the Links between Mobile Technology Habits and Cognitive Functioning, Henry Wilmer, Lauren Sherman y Jason Chein.
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